TRINCHERA DE OPINIÓN: los ex mandatarios en el debate público

Uno de los cambios del paradigma político nacional que le ha tocado a nuestra generación es la ruptura del protocolo según el cual los presidentes, una vez concluido su sexenio, debían mantenerse lejos del debate público. Podían, sí, ocupar alguna embajada, dictar alguna conferencia fuera, o afanarse en asuntos privados siempre que no involucraran traer de vuelta su opinión a suelo patrio. Era parte de un acuerdo con una lógica política, que sin embargo, se ha venido agotando para dar paso a tiempos, muy bienvenidos, en que los mexicanos queremos y merecemos escuchar la voz de quienes tuvieron la responsabilidad de guiar los destinos nacionales.

Hay, con todo, diversas formas de participar en el debate, y en el caso de los ex presidentes, las formas en que lo hacen conservan las huellas de su personalidad como mandatarios.  La semana pasada saltaron a la palestra pública Vicente Fox y Ernesto Zedillo, que si bien compartieron como presidentes programa económico, tienen maneras diferentes de realizar declaraciones: el primero, Fox, a la menor provocación, y el segundo, Zedillo, evadiendo responder.

Vicente Fox, que ahora es miembro de la Comisión de Planeación y Estrategia para las elecciones de 2009, exhortó a los alcaldes panistas, reunidos en Juriquilla, Querétaro, a salirse a hacer campaña para el PAN, y  “dejar encargas sus oficinas, tal como yo lo hice durante los seis años de mi gobierno”.  La pregunta evidente es, como lo plasmó Robert Dahl en su famoso libro, Who Governs? ¿Quién gobierna? Analistas en varios medios ya han empezado a preguntar exactamente a quién le dejo encargado ‘el changarro’ Fox mientras salía a recorrer el país, buscando votos. Pero de este incidente lo que debe llamarnos la atención es la forma en que este ex presidente –uno que llegó con un inmenso apoyo, y con mayores expectativas y esperanzas sobre sus hombros— regresa al debate nacional: diciéndonos que “dejaba encargado el changarro”, como ha anotado Alfonso Durazo Montaño, su ex secretario particular. La participación de Vicente Fox en el debate refleja su personalidad: el presidente mediático.

En otras latitudes, Ernesto Zedillo estuvo recientemente en el Foro Económico de Davos, donde se reunió con Felipe Calderón y aprovechó la oportunidad para apuntar las virtudes del rescate bancario que operó como presidente, el tristemente celebre Fobaproa, mismo que, recuerda, nos costó 20 puntos del PIB. Así, Zedillo, que convirtió un apoyo transitorio en un rescate de más de 100 mil millones de dólares sin consultar al Congreso, dice en Davos que “Estados Unidos debe dar pruebas de que tiene un plan para salir del problema fiscal”, y sugiere que si él hizo un rescate de 20 puntos de PIB, a los norteamericanos no debería parecerles oneroso hacer uno que saldrá en 6 u 8 puntos. Y está bien que Zedillo salga de la aulas de Yale para hablarle a los líderes mundiales del Fobaproa. La pregunta que se impone, sin embargo es ¿por qué en todos estos años no ha venido a contarnos a los mexicanos los detalles de este rescate que seguimos y seguiremos pagando? Él fue el presidente de la crisis de 1995 y del Fobaproa, episodios que están lejos de haber sido superados aquí en casa, y la opinión del ex presidente, que suena fuerte en Davos y en los reportajes del New York Times, llega como débil eco a México, dónde queremos escucharla. Argumentar que los presidentes no deben participar en el debate interno sería, como quiero proponer, una mala lectura de Zedillo, y a caso una forma fácil de deslinde. La participación de Ernesto Zedillo en el debate refleja su personalidad: el presidente coyuntural.

Finalmente, vale la pena recordar que este proceso del que hablamos, la entrada de los ex mandatarios al debate de ideas, si bien paulatino, inicia en buena medida con la publicación de México, un paso difícil a la modernidad, en el año 2000, nada menos que por Carlos Salinas de Gortari, libro en el cual hace un extenso análisis de su gobierno. Salinas ha tenido una visible participación, y su estrategia ha sido la de entrar de lleno en el debate sobre su administración (1988-1994), y ahora, también señalando la necesidad de revisar el sexenio de Zedillo y Fox  (1994-2000 y 2000-2006, respectivamente), para lo cual publicó recientemente un nuevo libro, La “década perdida. Junto a ello, Salinas no ha dudado en  participar en diversas ponencias con estudiantes (extranjeros, pero también mexicanos) y se le puede ver ahora en las columnas de la prensa nacional. A mediados del mes pasado, por ejemplo, publicó en Milenio un artículo en que lanza una serie de propuestas (una política de Estado) para hacer frente a la crisis mundial. Me parece pues que Salinas es el mandatario que, estando o no de acuerdo con él, ha mantenido la mayor calidad en el nivel del debate, y sobre todo, el que ha resultado más abierto para llevarlo a la palestra pública. La participación de Carlos Salinas en el debate refleja su personalidad: el presidente de ideas.

Habrá pues que atisbar la presencia y sobe todo la sustancia de la participación de quienes nos gobernaron en el debate. Creo que, afortunadamente, en estos tiempos esta participación es bienvenida y necesaria, pero como siempre, habrá que tomarla con crítica pura.

 

Conversaciones de café

Y para la nota, ayer, durante una ponencia en la Universidad de  Cambridge, de visita oficial en el Reino Unido, el premier chino Wen Jiabao fue interrumpido por una persona que, con terrible puntería, le lanzó un zapatazo emulando al periodista iraquí Multazer al-Zaidi, quien saltó a la fama por arrojar su calzado al entonces presidente George W Bush. Por cierto que el Financial Times reproduce en su edición de ayer una interesante entrevista con Wen Jiabao. Como aquélla vez, el premier chino minimizó el incidente (si bien hoy el gobierno de Beijin se pronunció condenando el hecho). ¿Estaremos asistiendo a la consagración de un nuevo símbolo de protesta global? Charles Tilly definiría esto como parte de un “repertorio de confrontación”, y no sorprenda que se convierta, si no lo ha hecho ya, en una forma simbólica, estandarizada, de protesta social como lo describe Sydney Tarrow en Power in Movement

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