De avionetas, crisis, narco y demás…

Cuando escuches a alguien decir: Que ésta crisis económica es muy grande contéstale que: Más grande es el amor a nuestro país… bla, bla, bla.

Spot de Televisa sobre crisis económica.

Se acerca el fin del mundo, es irremisible. El mundo está loco. No hay forma ni manera de propiciar cambios para el beneficio de los ciudadanos. Ya ni Televisa, en su férrea defensa a Calderón y a la derecha mexicana, puede levantar mi estima y motivarme para seguir en ese mundito imaginario creado con anticipación por los millonarios y los miopes derechistas de México: habrá que solicitarles la dirección exacta de ese Universo paralelo y las estadísticas con venia de los santos mártires para ignorar la crisis que en mi realidad existe y que se palpa en cualquier zona del país que yo conozco. ¿Crisis?, ¡claro que no, que va!, son revoltosos enemigos del Estado aquellos intransigentes que la han inventado, los que la han mencionado, los que la han cuestionado… ¿crisis?, ¡están locos!, ¿qué no ves el anuncio en Televisa?, no hay crisis, no la hay, y si la mencionan contéstales que tu ceguera es más grande que la crítica y los números rojos que manan de la economía mundial. En fin, el Gobierno y sus esbirros no mentirían… ¿o sí?… ¡claro que no!.

Sucede entonces que, en medio del turbulento clima social y político que reina en la Nación, la avioneta del finado Secretario de Gobernación se derrumba en la capital de la República. Un golpe de épicas proporciones al Estado que repercutirá hondamente en la vida política durante el resto del sexenio. Debe el Ejecutivo, necesaria y obligadamente, esclarecer la situación que rodea al siniestro del Paseo de la Reforma.

Emergen inmediatamente tres hipótesis que menguan el criterio de cada persona en torno al suceso: 1.- Falla mecánica en la avioneta. 2.- Golpe originado desde las cúpulas del narcotráfico. 3.- Golpe auto asestado por el Gobierno mismo. La primera, que deberá ser acreditada completamente por los peritos encargados (norteamericanos, británicos y mexicanos) en la investigación, consiente el más lógico razonamiento y la posición más cómoda ante las posibles declaraciones oficiales. La segunda, que es sabida por la mayoría de los mexicanos en la batalla contra el narcotráfico, no podría descartarse como una posible revancha o como un posicionamiento de la mafia en contra del Gobierno. La tercera, más crítica y severa sobre el tiempo actual, evoca el hecho a la necesidad de situar al país en el mayor Estado de Sitio posible para ocupar el Derecho de Emergencia en la guerra del Gobierno Federal. Las explicaciones tendrán que ser amplias y detenidamente detalladas en todo aspecto. El golpe es duro al Estado mexicano, y como tal, debe investigarse hasta las últimas consecuencias.

El lugar del siniestro representa el máximo perímetro de seguridad en México, estando rodeado por el Campo Marte y la Secretaria de la Defensa, detrás de ellos la residencia oficial de Los Pinos y Chapultepec. Es entonces que las especulaciones giran en torno al Gobierno y al narco por el lugar en que la avioneta se impactó. Se debe esclarecer totalmente, ya que tal suceso no es deseable a nadie, ni puede pasar sin castigo a los que lo cometieron (si fue planeado) o ser explicado en sus detalles si la falla fue humana o mecánica.

Los saldos de una guerra perdida.

El narcotráfico ha rebasado la capacidad del Estado. La crisis institucional orilla a la fuerza pública a entablar una costosa guerra a los capos de la mafia y a los

 

El Gobierno Federal ha utilizado la gran demagogia y un sorprendente culto a la personalidad desde al inicio de su administración: en cualquier medio posible y como un salvador, Calderón se presenta como el ungido dando la absoluta respuesta a todos los problemas del país, mostrándose como el capacitado para extinguir al narco con sus manos duras -¡y limpias!- y con su política bélica y brutal.

 

La situación tan delicada obliga a los mexicanos a replantear las soluciones para erradicar al tremendo mal, siendo punto central el debate y el respeto a la ley fundamental de la Constitución. Iniciada la guerra de Calderón, la violación a las Garantías Individuales ha sido un paradigma general en el territorio nacional, habiendo un Estado de Sitio o de Policía que inhibe al ciudadano y en lugar de generarle certidumbre le ha maniatado y causado un terror incomparable. ¿Cuál es el costo que debe pagarse para sostener la guerra contra el narco, que niveles de violencia estamos dispuestos a tolerar, cuanta libertad será la responsable de perderse cuando Calderón disponga violarla?.

 

El narco es un mal terrible, una realidad insoportable para los países latinoamericanos, especialmente para el nuestro. Las tesis formuladas para combatirlo sostienen una afrenta a la vieja moral y a los buenos principios del sector conservador, esa reacción que jamás negociará ni aceptará postulados diferentes a los suyos: imagen de carencia mental solucionando a la violencia con violencia. No concuerdo en esa lucidez provocatoria ni en la simulación política del Gobierno Federal; el impacto social de la cruzada beligerante ha marcado un retroceso sin precedente en al conciencia general, sosteniendo el terror colectivo ante el posible atentado y dando paso a los síntomas primarios de la dictatura: la suspensión de Garantías.

 

Es imposible poder abastecer a nuestras policías y al ejercito de valor moral para enfrentar al enemigo silencioso cuando en sus mandos la corruptela significa una guerra perdida, se retoma entonces el principio básico de supervivencia y la vida se impone al patriotismo a la seguridad pública de la Nación. El valor que pueda asignarse a la guerra perdida contra el narco es intrascendente ante la capacidad de acción del mismo: imposibilita la fuerza del Estado y compra a las dirigencias y a la inteligencia que en determinado tiempo pudiesen combatirlo. No hay forma de iniciar una batalla cuando los oficiales deliberadamente están dispuestos a perder o han sido sobornados para acatar la simulación.

Para emprender la guerra se debe sanear completamente a la corrupción que impera al interior de los cuerpos de seguridad, seguido de una legitimación en la búsqueda de cada batalla, integrando a la sociedad en un ambiente de proposición y de confianza, no imitando al pavor de un Estado policiaco o al de una dictadura.

 

Si de ningún modo puede vencerse al monstruo, debe analizarse detallada y fríamente las alternas soluciones para someterlo mediante los mecanismos legales: esto vendría a ser la legalización y el uso de ciertas drogas.

enemigos de la República. La política se encuentra cercada a la discreción ante la furiosa respuesta del monstruo y los resultados presentan una terrible carestía.