Los saldos de una guerra perdida.

El narcotráfico ha rebasado la capacidad del Estado. La crisis institucional orilla a la fuerza pública a entablar una costosa guerra a los capos de la mafia y a los

 

El Gobierno Federal ha utilizado la gran demagogia y un sorprendente culto a la personalidad desde al inicio de su administración: en cualquier medio posible y como un salvador, Calderón se presenta como el ungido dando la absoluta respuesta a todos los problemas del país, mostrándose como el capacitado para extinguir al narco con sus manos duras -¡y limpias!- y con su política bélica y brutal.

 

La situación tan delicada obliga a los mexicanos a replantear las soluciones para erradicar al tremendo mal, siendo punto central el debate y el respeto a la ley fundamental de la Constitución. Iniciada la guerra de Calderón, la violación a las Garantías Individuales ha sido un paradigma general en el territorio nacional, habiendo un Estado de Sitio o de Policía que inhibe al ciudadano y en lugar de generarle certidumbre le ha maniatado y causado un terror incomparable. ¿Cuál es el costo que debe pagarse para sostener la guerra contra el narco, que niveles de violencia estamos dispuestos a tolerar, cuanta libertad será la responsable de perderse cuando Calderón disponga violarla?.

 

El narco es un mal terrible, una realidad insoportable para los países latinoamericanos, especialmente para el nuestro. Las tesis formuladas para combatirlo sostienen una afrenta a la vieja moral y a los buenos principios del sector conservador, esa reacción que jamás negociará ni aceptará postulados diferentes a los suyos: imagen de carencia mental solucionando a la violencia con violencia. No concuerdo en esa lucidez provocatoria ni en la simulación política del Gobierno Federal; el impacto social de la cruzada beligerante ha marcado un retroceso sin precedente en al conciencia general, sosteniendo el terror colectivo ante el posible atentado y dando paso a los síntomas primarios de la dictatura: la suspensión de Garantías.

 

Es imposible poder abastecer a nuestras policías y al ejercito de valor moral para enfrentar al enemigo silencioso cuando en sus mandos la corruptela significa una guerra perdida, se retoma entonces el principio básico de supervivencia y la vida se impone al patriotismo a la seguridad pública de la Nación. El valor que pueda asignarse a la guerra perdida contra el narco es intrascendente ante la capacidad de acción del mismo: imposibilita la fuerza del Estado y compra a las dirigencias y a la inteligencia que en determinado tiempo pudiesen combatirlo. No hay forma de iniciar una batalla cuando los oficiales deliberadamente están dispuestos a perder o han sido sobornados para acatar la simulación.

Para emprender la guerra se debe sanear completamente a la corrupción que impera al interior de los cuerpos de seguridad, seguido de una legitimación en la búsqueda de cada batalla, integrando a la sociedad en un ambiente de proposición y de confianza, no imitando al pavor de un Estado policiaco o al de una dictadura.

 

Si de ningún modo puede vencerse al monstruo, debe analizarse detallada y fríamente las alternas soluciones para someterlo mediante los mecanismos legales: esto vendría a ser la legalización y el uso de ciertas drogas.

enemigos de la República. La política se encuentra cercada a la discreción ante la furiosa respuesta del monstruo y los resultados presentan una terrible carestía.

PEMEX básico para desinformados

El sistema económico neoliberal del país ha desmembrado deliberadamente a PEMEX para la iniciativa del capital privado desde hace años, situación prevista por la política económica por no encajar en los planes evocados por el Poder Ejecutivo.

PEMEX representa en el gasto público de la Nación una vital y trascendental importancia, ocupando para Hacienda la estabilidad presupuestal de la Ley de Ingresos y Egresos anuales. Es absurdo amputar del mapa presupuestario el ingreso que aporta la paraestatal para las arcas de México, siendo al mismo tiempo el principal promotor de los recursos para el crecimiento del desarrollo, situación ineludible e incomoda pero real en la dependencia del petróleo.

Ahora bien, la iniciativa promovida por Calderón estriba en el total absurdo y en el completo estropicio para el país: se elude el término “privatización” por el de “modernización“, concepto abstracto que figura en la apertura de capital privado hacia PEMEX y la paulatina venta de la, quizá, empresa más rentable en el mundo. Definiendo los conceptos operados por Calderón, es inevitable la mofa a la estúpida y monumental falacia engendrada por sus compinches, tratando de ofertar la idea del “petróleo es nuestro y vamos por él”; tal afirmación es equitativamente un insulto a la razón y a la inteligencia de los mexicanos: no existe aún la tecnología en ningún país del mundo que pueda generar la explotación de yacimientos ultra profundos como la mayoría de los existentes en el Golfo de México.

PEMEX es un asunto de CIFRAS Y NO DE OPINIÓN. No es necesaria la inversión o la asociación con particulares para lograr la tan ansiada “modernización” en la paraestatal. Es tan simple ocupar las ansiadas pretensiones en la mejora de PEMEX en el invertir únicamente los excedentes petroleros de un año para transformar totalmente la estructura, para adquirir tecnología importante en la explotación y para fomentar la investigación científica del crudo. Es entonces que la conciencia repica en las siguiente cuestión: si hay suficiente capital del petróleo para invertir en PEMEX, ¿para qué se necesita de capital privado y extranjero para explorar, explotar e investigar?. Los intereses que Calderón obtuvo para la presidencia de la República vienen a ser fuente irremisible para la presión de nacionales y extranjeros en sus intenciones de usurpación de PEMEX a unos cuantos particulares.

Históricamente, la derecha mexicana ha mantenido la constante y objetiva precisión para desacreditar las victorias obtenidas por la Razón: si este no fuera un claro ejemplo de manutención de la ignorancia por parte de Calderón y sus históricos antecesores, ¿qué podría justificar los asaltos desesperados para retomar el fuero extraviado por la lucha social y por aquellos que antepusieron los intereses de la población y no los de unos cuantos?.

Innegablemente PEMEX necesita de reformas que le den plena autonomía de gestión y una saneamiento integral para una mayor apertura al desarrollo, pero no de la terrible integración de particulares a sus decisiones y a la explotación del principal motor de México que representa el petróleo.

No se necesita privatizar, ni el mencionado y burdo concepto de “modernización” que Calderón sostiene para “salvar” a PEMEX. No se requiere de la mentira para desarrollar. El PAN ha demostrado que hay capital suficiente para construir santuarios y monumentales obras a la locura, y cuando de PEMEX o de cualquier asunto social se trate, la política precaria dictada por ellos mantendrá la ignorancia de los mexicanos para saldar intereses adquiridos con los poderosos.

Llámese como se tiene que llamar: Privatización, innecesaria para el desarrollo de PEMEX.

Crónica de una manifestación

La tarde era calurosa. Caliente también el ánimo de los manifestantes. La algarabía, vestida de rojo, impedía los espasmos burgueses. Los obreros, estudiantes y ciudadanos ahí reunidos cobijaban la clase media, haciendo de la manifestación una expresión completamente diferente.

Los granaderos, los militares, los empleados del ayuntamiento y de la policía federal y de todas las dependencias del Gobierno, detrás de línea, esperando, reprimiendo, ahogando. La prepotencia, la vanagloria de ser una idea, un sueño sin sentido. El pueblo contra el pueblo, la razón contra la orden. Las invisibles separaciones que causan la ausencia de necesidad y la inconsciencia de los habitantes.

Los obreros de Industrias no fueron solo obreros en la manifestación. La unión, densa entre todos los habitantes, creando una simpatía general, irreprimible, forjó una unión inseparable para los días venideros, interminable. Los cantos en a favor de la clase obrera, a favor del movimiento de la sencillez, acomodo tajantemente una feroz negociación de clases.

Por fuera de la carretera federal a México, bloqueada, los obreros ocotlenses insultaban, con razón, a un presidente del “empleo”, a un espurio que traiciona a la necesidad y apoya la incomprensible y voraz razón del mercantilismo. Un Emilio, que puede otorgar macrolimosnas y no solucionar un conflicto, que insulta a la pobreza, que maniata esperanzas y que resiente odios, que mantiene la facilidad de la miseria.

Al unísono, a la par, todos cantando, insultando, exigiendo. No más, no menos, lo simple y lo esencial, lo necesario. Todos éramos obreros, todos manifestábamos el sentir de la clase obrera, y de la clase popular, y de todos los anhelos y las necesidades de las clases desprotegidas. Fui obrero, fuimos obreros. La agitación correspondía, detrás de las líneas de granaderos, escondidos en sus empleos, todos aquellos cobardes, y traicioneros, tomando fotos y videos de los agitadores, escondidos detrás de las armas, burlándose de la causa. Detrás de las armas, de los escudos y de las armaduras, demostraron su incapacidad.

Sí, fui un agitador; orgullosamente. Maldije, insulté, canté, grité. Con marca personal, con panistas detrás de mí, fotografiándome, intentando reprimir. Sí, el PAN es un ente represor, capaz de vender el alma y los buenos sueños de los habitantes, capaz de negociar la soberanía, la libertad.

Sí, fui y fuimos obreros ese día. Calderón a lo lejos, imagino, burlescamente insultaba junto a Emilio el movimiento obrero. ¿Qué se puede esperar, de ese par de desgraciados, que manan de una institución reaccionaria, que vende patrias y acumula indignación?.

Fuimos obreros, e insultamos y maldecimos con derecho y la obligación de hacerlo. Ellos con hambre, nos con enojo. La tarde cada vez se encendía.

Ocotlán habló, Ocotlán gritó y lucho… y los medios, y esas voces, se ahogaron en el anonimato, se perdieron en un murmullo aquella vez, aquella vez que Felipe Calderón visitó Ocotlán.

Born to be Wild I: El comienzo del estropicio

Nacimos para ser libres. Podemos escalar muy alto.

Steppenwolf.

Fue en el mes de junio del 2006. La recta final por la Presidencia de la República era reñida en todos los aspectos: Un Roberto Madrazo apuntalando milagrosamente en las encuestas más fiables de los medios (como en aquel maratón de Berlín) haciendo creer vanamente al PRI una posibilidad de posicionarse de nuevo en los ansiados Pinos. Un Felipe Calderón apoyado por la alta alcurnia empresarial de la Nación por todos los medios posibles, con un terrorismo masivo visual, sosteniendo la tesis del inolvidable “Peligro para la Nación” y apuntalando por medio del miedo a todos los votantes “no conocedores” de los términos izquierda y derecha. Vicente Fox dejando de ser Presidente de la República (que muy pocas veces fungió como tal) para transformarse en el máximo militante del partido oficialista PAN y apoyar con todos los medios posibles la campaña de Calderón y la anti campaña de Obrador. Un PRD con una propaganda burda y casi estúpida que no reflejó la actitud que debió sostener y tomar para bien la mala propaganda establecida por el sector conservador. Un IFE que vislumbraba para mal ofreciéndose soezmente al Estado. Una población con pavor e indecisa que aún no definía un voto o un futuro favorable.

Fue el dos de julio del 2006, la duda era inevitable: la inconsistencia del conteo rápido y las declaraciones de los candidatos antes de la media noche aceptándose como Presidentes hacía de la opinión general un barco lleno de zozobra, recibiendo apenas pequeños espasmos de lo inimaginable que sucedería en los meses siguientes. Al transcurrir los primeros días del mes de julio México estaba dividido. La opinión escindió completamente, bipolares las posturas como los colores que el IFE le daba a los Estados de la República, después de resoluciones absurdas y atendiendo el consejo de la maquinaria estatal. Con tristeza la izquierda ya percibía la discontinuidad en la balanza que los tribunales empujaban hacia un lugar.

En ese año, después de un visceral agosto y con la negativa a cuestas del conteo único por parte del Tribunal, la consumación del proyecto de la derecha mexicana y del PAN se concretó el día cinco de septiembre del 2006, atendiendo a la validez de la elección del IFE y la declaración de Presidente Electo a Felipe Calderón Hinojosa arrojando 15,000,284 (35.89%) votos y 14,756,350 (35.31%) para Andrés Manuel López Obrador, con una diferencia de 243,934 (0.58%) sufragios a favor del candidato del PAN

Era irremisible no dudar de ni acrecentar el peligro que la democracia mexicana sostenía a cuestas después de los polémicos resultados del dos de julio ante las resoluciones, arbitrarias e infundadas muchas de ellas, ante la mínima diferencia arrojada en los comicios Federales y después de las acciones ocupadas por ambos candidatos: El oficialista muy calmado, consiente y silente después de los escándalos del PAN, de sus integrantes y algunos propios; y el otro, desesperado y animoso para incendiar las buenas conciencias de los mexicanos que estuvimos de acuerdo con la oscuridad mantenida por el IFE en torno a los resultados.

Ese mismo año, el 20 de noviembre en el Zócalo de la Ciudad de México, Obrador se nombraba Presidente Legítimo y Calderón tomaba protesta en Diciembre en San Lázaro ante el cerco de seguridad más imponente que se hubiera creado: la democracia estaba secuestrada.