“Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît point”.
- Blaise Pascal
La inigualable ciudad de Estambul inicia este 2010 su reinado como “capital europea de cultura” organizando numerosos proyectos culturales y artísticos hasta el fin del año. Sus compañeras, dos opciones dramáticamente menos interesantes serán Essen en Alemania y Pécs en Hungría. Irónicamente, Turquía sigue luchando por un lugar dentro de la Unión Europea.
Cuando uno de los políticos más hábiles y dinámicos del mundo, el turco Egemen Bagis, declara que su trabajo consiste en convencer a Francia y Alemania de aceptar la plena membresía de Turquía en la Unión Europea, habríamos de precisar que quizás su labor consiste en convencer a Nicolás Sarkozy y a Angela Merkel.
Resultaría controversial, por decir lo menos, afirmar que la xenofobia y los sentimientos antiturcos representan un sentir popular en Francia o en Alemania, donde – por cierto – vive la población más grande de turcos fuera de Turquía. Por el contrario, cada vez resulta más fácil identificar francas actitudes de rechazo a Turquía en las personas de su presidente y canciller, respectivamente.
Tan tradicionalmente francesa como el cognac o la baguette es la marca de coches Renault, que tuvo – según quien lo mire – el acierto o desatino de anunciar que el automóvil Clio IV, previsto para lanzarse en 2013, se produciría en la fábrica que la firma tiene en Bursa (Turquía), lo cual implicaría una reducción de costos del 10%.
La negativa del presidente francés, relevante dado que el estado galo posee el 15,7% de las acciones de Renault, no se hizo esperar: “No podemos gastar tanto financiando actividades de nuestros industriales fuera del país”, afirmó. Las declaraciones posteriores del ministro de industria, Christian Estrosi, fueron aún más terminantes: “Francia no permitirá que Renault fabrique el Clio IV en Turquía para vender en nuestro mercado y el resto de Europa”.
La pregunta en el aire que pocos se atreven a formular ante un escenario en que la lógica económica apunta hacia Turquía, es si la negativa de Sarkozy responde a razones políticas más profundas. Fuera de Francia, Renault cuenta con plantas en España y Eslovenia, ambos países miembros de la Unión Europea. Habría pues resultado interesante conocer la reacción del presidente – quien está celebrando su segundo año de matrimonio con la exmodelo y cantautora Carla Bruni – si la firma automotriz hubiese decidido fabricar el coche en alguno de esos países.
Al final, el CEO de Nissan/Renault Carlos Ghosn, en un intento de llegar a una solución intermedia que tomara en cuenta la opinión de todos los intereses involucrados, anunció que el Clio IV se producirá en la planta francesa de Flins y en la turca de Bursa, sin precisar el volumen que corresponderá a cada una de ellas: “Hablar de volumen hoy en día no es muy realista”, afirmó.
Por su parte, recientemente el ministro de exteriores alemán ha declarado de manera oficial en Ankara que Alemania quiere ver a Turquía dentro de la Unión Europea, lo cual discrepa ampliamente con la postura de la canciller Angela Merkel – compartida con Sarkozy -, representada por la propuesta de un simple acuerdo de asociación con Turquía.
Son pues Merkel y Sarkozy – y no necesariamente el pueblo alemán y el pueblo francés - los que buscan impedir el acceso pleno de Turquía a la Unión Europea proponiendo un estatuto intermedio que, dicho sea de paso, nunca será aceptado por un país como Turquía, que tiene el potencial de ser un modelo a seguir de democracia para el mundo musulmán así como una alternativa que resuelva la actual dependencia europea de gas ruso, y cuya ciudad más emblemática es este año – con diferencia – la capital “europea” de cultura más atractiva.
