
No tiendo a fincarme en simples y llanas suposiciones al momento de analizar la realidad política y social, ni me fío fácilmente de lo que “Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas” (por citar a Sabines). No obstante, eso de que influyentes sectores conservadores mexicanos estén tan interesados en el esclarecimiento del asesinato del Cardenal Posadas por pura adoración a la justicia, no me lo creo. Su interés -opino- radica en que Roma declare mártir y después santo al sacerdote asesinado. Con ello, la derecha conseguiría otro sonado triunfo en el campo de lo religioso; esto le permitiría impulsar con mayor vigor su proyecto de País.
Traigo el tema a colación porque precisamente ayer -domingo 26-, Alfredo Araujo Ávila, “El Popeye”, fue sentenciado por un Juez de Distrito a 11 años tres meses de prisión por su implicación en la balacera en la que murió el Cardenal Posadas, en 1993. Ni la verdad jurídica ni la histórica me resultan relevantes en este momento. Paso por alto si el asesinato fue producto de una confusión o, por el contrario, fue intencional y muy probablemente de Estado. Lo que me interesa es otra cosa: ¿por qué la derecha está tan metida en el caso?, ¿su férrea adhesión a la tesis del crimen de Estado es solamente por honrar a la Justicia (odio las mayúsculas, pero la derecha las ama)?
Como cualquier científico social, periodista o ciudadano de a pie que se haya acercado a estudiar a la derecha mexicana (y más aún a la ultraderecha) sabe, sus usos y costumbres, sus prácticas y jerarquías, resultan por demás complicadas de desentrañar. La secrecía, el hermetismo y la fidelidad constituyen verdaderos valuartes de los grupos que defienden la tradición de forma tradicional (no es pleonasmo, sino realidad). Aun así y a través de un análisis indirecto, algunas conclusiones se pueden sacar. Lo intentaré.
Si la derecha consigue que el Gobierno Federal acepte que el crimen de Posadas fue orquestado por el Estado, quedaría allanado el camino del Cardenal mexicano hacia el título de mártir y, de ahí, la canonización estaría a sólo un brinco de distancia. La derecha mexicana tuvo un triunfo reciente con la canonización de Rafael Guízar y Valencia -antepasado lejano de Marcial Maciel (Manosiel, para los amigos)- y antes con la de Juan Diego -indudable instrumento de control social por parte de los colonizadores españoles (al margen de si se le apareció la Virgen o no, que a eso ya no le entro). Ávida de triunfos como acostumbra, rampante en sus victorias legislativas (vean sólo lo que ha pasado en los Congresos locales de Sonora, Guanajuato y Jalisco con el tema del aborto), rapaz en sus ganacias económicas, empoderada al interior de la Iglesia mexicana y seductora del poder político, la derecha ve en el caso Posadas un triunfo fácil de asequir. Insistirá en conseguirlo hasta que lo logre.
No obstante, hay también en la sociedad mexicana fuerzas progresistas y (dijéramos con Gramsci) contrahegemónicas que le seguirán disputando el poder a los conservadores. La izquierda buscará ir minando -a pesar de que la poderosa Iglesia esté alineada con los de enfrente- el poder de la derecha, y seguirá intentando debilitar la influencia conservadora en amplios sectores de la sociedad. No, la derecha no quiere a la Justicia -al margen de si la tesis que defienden es la verídica-, lo que quiere es un triunfo mediático que le permita seguir enquistada en la sociedad mexicana y obteniendo los fuertes beneficios que hasta hoy se lleva. Que Dios los bendiga.