Por desgracia, parecería que Azerbaiyán ha dejado pocas impresiones sobre sí en la memoria colectiva histórica de Occidente. Los mismos ciudadanos azerbaiyanos al presentarse tienden a asumir que el interlocutor de entrada no va a saber ubicar su país. Este año, en el contexto europeo, es muy posible que esto cambie.
El muy joven Azerbaiyán recientemente amenaza con revolver las aguas europeas tras la decisión de Turquía de normalizar sus relaciones con Armenia.
La crisis causada hasta nuestros días por el genocidio armenio toma cada vez más matices: los turcos han removido a su embajador en Estados Unidos tras la esperada moción del congreso que reconoce el genocidio a manos de los otomanos y amenazan además con deportar a miles de trabajadores indocumentados armenios.
Así, una Europa decepcionada ante el desempeño de Turquía se mantiene expectante sin saber exactamente qué desear como desembocadura de la crisis armenia a causa de Azerbaiyán, con quien siempre se ha llevado bien (ha sido un típico aliado turco) y quien la ha puesto a temblar al dar claros signos de estrechamiento de lazos con Rusia, gigante que hasta la fecha, tiene al continente entero dependiendo de su gas y cuya zona de influencia natural es el Cáucaso, donde busca reducir aún más la influencia estadounidense.
A los azerbaiyanos no les viene bien el acercamiento entre Turquía y Armenia. El enclave Nagorno-Karavaj (por el cual se desató una guerra en 1991), situado en suelo azerbaiyano pero con actual control armenio, vuelve a ser noticia en 2010: Azerbaiyán exige a los turcos retirar a los armenios del enclave antes de normalizar sus relaciones con ellos.
Los vastos recursos energéticos azerbaiyanos, concretamente sus ricos yacimientos de gas, representan la poderosa carta a jugar por este país. En el pasado los rusos, únicos proveedores actuales de gas de Europa, dejaron en pleno invierno sin gas (sin calefacción) a millones de europeos.
La única alternativa al gas ruso está representada por el gasoducto Nabucco, un ambicioso proyecto que transportaría el energético desde la frontera oriental turca hasta el corazón de Europa, estrechando a su vez los lazos entre Turquía y el bloque europeo. Pero si Azerbaiyán no entra en el juego, muy poco habrá para transportar a través del gasoducto. Por tanto, si Europa (y Turquía) quieren tener contentos a los azerbaiyanos, van a tener que decidir. A todas luces, no es deseable que una alternativa energética viable una fuerzas con Rusia.
Así, una vez más Turquía se encuentra en una complicada encrucijada en su tortuoso camino hacia la Unión Europea. Al interior, el nacionalismo turco no reconoce la responsabilidad del país en el genocidio armenio. Normalizar relaciones con Armenia no sólo es deseable con respecto a Europa, sino también para evitar dañar sus relaciones con Estados Unidos. Finalmente, se suma a la lista de complicados dilemas el pequeño Azerbaiyán, con toda su palanca de negociación basada en la provisión energía, nublando el panorama al no ver con buenos ojos el acercamiento de Ankara con Yereván.
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