Todos los días debo atravesar las vías del tren que separan a mi casa de la oficina donde laburo, en un trayecto que recorre casi toda la ciudad y muestra, matutina y vespertinamente, la vida local en los dos turnos. Al poniente, se encuentra Guadalajara, punto de comunicación obligado al norte del país por medio del ferrocarril; al oriente, la Ciudad de México, capital de la República y centro neurálgico de comunicación para el sur con el occidente. Ocotlán, lugar de paso, se halla en el tránsito entre México y Guadalajara.
Al cruzar estas vías, que aún separan al centro del municipio con el norte y que han provocado en los últimos años un caos vial siempre que pasa el tren, a falta de la infraestructura necesaria, es cotidiano observar a mexicanos del sureste del país, así como a migrantes –en su mayoría centroamericanos- a la vera de las vías, con sus mochilas y cobijas, cansados y hambrientos, pidiendo limosna a todos los automóviles, motociclistas y peatones que obligadamente deben cruzarlas.
Esos migrantes atraviesan al país de punta a punta en busca del sueño americano, cruzando el territorio en los trenes imprevistos de pasajes que los han de llevar a los Estados Unidos. En cada ciudad, en cada pueblo donde exista alguna estación, es necesario la búsqueda de víveres para el sustento elemental en su diaria travesía, y en carestía de dinero que pueda sobrellevarles la preocupación del sustento, deben pedir en cada lugar de México donde el ferrocarril se detiene.
Hoy, precisamente, andando en el trayecto habitual y entre la constante e inesperada demora de los trenes, viendo pasar al mismo, con pena noté un alza tremenda en todos los migrantes que van en los conexiones que unen a los vagones, entre mujeres, niños y varones que andan con tristeza en sus rostros. La mayoría de las conexiones, atiborradas de todos ellos, me figuran a los países de nuestro sangrado continente en la eterna búsqueda de una vida mejor.
Nuestro país, lamentablemente, no respeta esa necesidad y se presenta como un abismo de peligros para los migrantes y para los propios nacionales. No debemos olvidar el constante rosario de calamidades para los amigos, familiares y demás mexicanos que cruzan la frontera, que como los centroamericanos, se resisten al estropicio del país y vagan para encontrar empleo y una forma mejor de vida.
