Hace ya mucho tiempo, en los años de la conquista de América, el clero y muchos de los pensadores de la época, pregonaron que los indígenas carecían de alma y no merecían poseer los derechos fundamentales de los cuáles los españoles contaban, memorando así muchos de los más cruentos abusos y excesos a la nueva población del continente.
Pasados los años, los humanistas y los revolucionarios del pensamiento dieron igualdad –sino plena sí en muchos aspectos- a las almas de los originales residentes.
De igual forma, en nuestro país, por preceptos culturales por todos sabidos, el derecho a voto de las mujeres no fue concebido sino hasta 1953, reconociendo así y dando paso a las reformas de total igualdad entre los dos géneros para su libre desarrollo.
Las minorías, con diferentes aspectos culturales, sociológicos y costumbres diferentes, constituyen de manera significativa un rezago jurídico y un hueco incontenible dentro de las legislaciones de nuestro país, fomentando hacia ellas la querella de indiscriminación en todos sus integrantes y la mínima adecuación de todos ellos en la vida diaria de la sociedad, con conceptos poco razonados y separaciones que no permiten su inclusión en los tiempos modernos.
La presente semana marcó un hito en la adopción legal de los derechos de las minorías, reconociendo jurídicamente la unión entre personas del mismo sexo e igualando el contrato nupcial al establecido histórica y tradicionalmente. Junto a la primera boda entre personas del mismo sexo, se vendrá la oleada de aceptación de muchos de sus miembros y un importante respiro en su esencial aceptación en la sociedad, además del debate en las legislaciones locales a favor y en contra ante las decisiones emanadas de la capital de la República.
Pese a las preferencias o costumbres que todos nosotros como individuos, mantenemos en nuestras ideologías y actuares diarios, es innegable que muchos de los derechos fundamentales aún son cohibidos y sesgados en contra de las minorías, y que a pesar de cruzar un nuevo milenio y sostener debates entre la moral y la ciencia, es poco probable que los espectros conservadores actúen en beneficio de sus integrantes y dejen de considerarlos marginales dentro de su estatus de ciudadanos.
Tarde que temprano, como el alma de los indígenas o como el innegable derecho al voto de la mujer, los debates dentro de los presentes días en temas polémicos serán cosa del pasado y motivo risorio para las generaciones futuras que coincidirán en que, absurdamente, sus ascendientes no enunciaran derechos y obligaciones para los miembros de las minorías.
