Las consecuencias de un golpe de Estado.

Las consecuencias inmediatas en el golpe de Estado hondureño, demarcan criterios que habrán de seguirse en la política de nuestra región durante crisis políticas venideras, además de repercusiones de integración vecinal y cooperación en una base fundamental: El libre albedrío de los pueblos.

Dentro de la crisis existente en Honduras, el establecimiento de una opinión general y homogénea en torno al golpe, unifica a los Estados Americanos en la bella suposición de la democracia. Esto es, todo dentro del sufragio y nada fuera de la decisión de los ciudadanos.

Las dictaduras y tiranías de izquierda o derecha podrán ser toleradas, como pacto bilateral, siempre y cuando la transición sea “democráticamente” hasta darle muerte. Lo que no podrá ser consolidado en la opinión de las Naciones Americanas será la imposición férrea mediante un “gorilazo” en pleno siglo XXI. Podrán existir dictadores y oligarquías, pero todas en el marco legal de las reformas constitucionales y el sufragio directo por medio de elección; sin ellas, la legitimidad y la defensa internacional no serán efectivas ante la conspiración política.

La suposición de defensa de los Estados Unidos al Gobierno golpista de Honduras –uso cotidiano en Latinoamérica-, se derrumbó al proclamar Obama la libertad y obligación de los pueblos de respetar y hacer respetar a los Gobiernos elegidos democráticamente. Además de responder duramente mediante la cancelación de dádivas y apoyos de los Estados Unidos al Gobierno golpista. Tal consecuencia, intermitente o no, pero concreta, supone un adelanto reformista a la política del gigante entre los países de la región, con apertura, equidad y sostenimiento diplomático; un nuevo sistema de mutuo respeto que consolidará lazos en la cambiante política del continente.

A pesar de que el Gobierno golpista de Honduras tiene la bendición de la Iglesia y el aval de los terratenientes y caciques económicos del país, no cuenta con el respaldo político y diplomático de las demás Naciones que conforman el continente. Y a estas alturas de la globalización, convertirse en una isla, es imposible. Sólo queda esperar cuanto tiempo podrá sostenerse dicho Gobierno ante la presión económica y social que avecina duros cambios en aquel país.

Por primera vez en el continente, se ve a unos Estados Unidos responsables en las medidas políticas de América, y un bloque de países que, no importando la tendencia de sus Gobiernos, harán respetar la decisión de una democracia tambaleante o fortificada; eso el tiempo lo dirá.

   

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