
Voy a decir lo más cercano a una blasfemia política: aplaudo que Felipe Calderón haya catalogado la reciente andanada de violencia en Michoacán como “reacciones desesperadas y violentas (que) responden a los severos golpes que ha dado el Gobierno a la delincuencia organizada”. Y lo aplaudo porque me parece que el Estado mexicano, aun en medio de la tempestad, debe mostar solidez ante la opinión pública y -sobre todo- ante los narcotraficantes. Lo verdaderamente grave en todo esto -desde mi punto de vista- es si Calderón se cree sus propias palabras y toma decisiones basado en este falaz diagnóstico.
La lucha contra el narco -apresurada o no, pertinente o impertinente, necesaria o innecesaria- es un hecho. El Ejército está en las calles, la Policía Federal ha tomado atribuciones impresionantes, la violencia se recrudece día con día, la cantidad y la calidad de los asesinatos crece galopantemente. Ése es el escenario actual. ¿Qué le queda al Presidente salvo catalogar a la violencia rampante en Michoacán como una ”reacción desesperada y violenta”? Asumiendo la realidad actual, ¿tiene otra opción? Imaginemos: “Amigos y amigas (tan calderonista la introducción): el Estado mexicano está en el peor momento de toda la lucha contra el narco; la ingobernabilidad está a la puerta de la esquina” , ¿qué tal?, ¿mejor que el otro? Yo no lo creo.
Lo que sí cabe esperar es que, en sus reuniones cercanas y en su cabeza misma, Calderón sepa que las cosas van de mal en peor. Más allá de lo que el Presidente hace público, la secrecía de sus reuniones debiera ser un espacio para ver la realidad: la estrategia contra el narco ha olvidado el combate a la pobreza, el restablecimiento de los vínculos con las comunidades marginadas, el combate al consumo de drogas, la desarticulación financiera de los cárteles (¿cada cuánto se escucha que “congelaron” la cuenta bancaria de algún capo?), el combate a la corrupción empezando por las altas esferas del Gobierno y, en suma, ha dejado de lado la necesarísima (y tan presumida) integralidad. Por eso las cosas no funcionan y se debe replantear gran parte del esfuerzo del Gobierno Federal.
La única posibilidad que existe para que la fallida estrategia actual dé un viraje hacia una mucho más completa es que se acepten los hechos: la reacción de los narcos michoacanos no es “desesperada” sino que constituye una muestra clara del podería contraestatal con el que cuentan los cárteles y que está poniendo en jaque al Estado mexicano. Que en los discursos diga el Presidente lo que quiera, pero que al momento de observar la actual lucha contra el narco sea franco consigo mismo y piense en su total reformulación. Así y sólo así, la actual tendencia -de evidente fracaso para el Estado de derecho- podría revertirse.
Excelente post!