
El debate que ha generado la propuesta del 2% de impuesto generalizado al consumo, ha tenido como consecuencia un interesante debate no sólo de propuestas alternativas de recaudación, sino un cuestionamiento de fondo: ¿los mexicanos pagaríamos impuestos si supiéramos a dónde van?. La respuesta es sí, la encuesta GEA-ISA y otras más así lo revelan.
El problema es la transparencia en los recursos. Yo no tendría ningún inconveniente en pagar ese 2% al consumo si efectivamente se destinara a combatir la pobreza. También creo que hay maneras distintas de obtener más recursos: quitando privilegios de los funcionarios y eliminar los privilegios fiscales. Aún así todo nos lleva de regreso a la transparencia de los recursos y la rendición de cuentas.
¿Qué pasaría si pudiéramos saber a quién y por qué se le gira un cheque en el gobierno? Y no sólo en el gobierno federal, también en el nivel municipal, estatal y los poderes legislativo y judicial. Si pudiéramos tener esa información, los contratos y licitaciones ¿estaríamos dispuestos a pagar entonces los impuestos?
Se dice que este nuevo impuesto sería para la pobreza y se aumentaría en más de un millón el número de familias beneficiadas con el programa oportunidades. Pero también sabemos que los impuestos no se pueden etiquetar, ¿pero si conociéramos el nombre, apellido, domicilio y cantidad entregada de cada beneficiario y de cada nuevo beneficiario de manera que pudiéramos comprobar que existe y que recibe el apoyo? Saber por las manos de quien pasa cada peso y; de gastarlo mal, asegurarnos de que rinda cuentas de su responsabilidad. De ser así, yo pagaría gustoso impuestos.
Pero sigue sin haber ese compromiso: las entidades federativas y los municipios viven en la comodidad de la opacidad, los partidos políticos y el poder legislativo no están dispuestos a transparentar recursos ni a rendir cuentas a los ciudadanos, el poder judicial ha quedado evidenciado en la corrupción de la “familia judicial”. Así es imposible que nos pidan un solo peso.
José Antonio Álvarez Lima hace una propuesta radical: el impuesto en blanco. Es decir, los ciudadanos ahorcar a la clase política donde más les duele: el dinero. ¿Si dejáramos de pagar impuestos hasta que se comprometan con la transparencia, la rendición de cuentas y la calidad de los servicios? Temeraria propuesta, pero para una generación política que no ha hecho nada por México los últimos 12 años, creo que los ciudadanos tenemos la sartén por el mango.