II Formulas patrióticas: La inminente reforma al Estado.
Antaño, cuando el Presidente de la República fue el otrora comisionado de las decisiones polÃticas en el paÃs, el Poder Legislativo únicamente ratificaba las mismas en una legitimización del régimen, creando la unificación y la unidad en torno al lÃder de la revolución como un acto mediático donde las fuerzas rivales negociaron curules y prebendas a favor de lo indiscutible.
Hoy, en plena maduración de la democracia y adquiriendo una polÃtica sistemática donde ha lugar al debate y a la confrontación de intereses, las figuras creadas en base a lo anterior consolidan una crisis de intereses e instituciones que ensalzan la cuasi inoperancia de muchas de ellas. El lÃder del Poder Ejecutivo ya no es, ni puede, ser el abyecto factor de decisión en México. La posibilidad de imposición mediática es casi nula, salvaguardando las prerrogativas constitucionales que se le otorgan al Presidente. Se tienen que tomar acuerdos con las demás fuerzas polÃticas y pacificar por medio de la negociación las aspiraciones partidistas y personales para lograr su consolidación.
El presidencialismo en México tiende a una precipitada caÃda de legitimización, de inoperancia y de carestÃa. En estos tiempos es imposible imaginar un común acuerdo que logre prevalecer a las idiosincrasias y fortalezca los lazos entre los Poderes Ejecutivo y Legislativo. El diálogo entre ambos los imposibilita en varios supuestos, confirmando su invalidez y aportando la crÃtica necesidad de reforma en ese sentido.
Como medida de reforma al Estado, creo firmemente que el sistema semiparlamentario en nuestro paÃs figura como una gran solución para lo embates a la Nación. Un sistema que logra cohesionar las diversas expresiones polÃticas y sociales y que, sobremanera, mantiene un estricto control por parte del Poder Legislativo a los posibles abusos del Ejecutivo. Además de fortalecer las relaciones entre ambos y solventar las posibles crisis polÃticas, no puedo imaginar un sistema de Gobierno diferente en México que no sea el de la República Parlamentaria como un medio eficaz de solidez en el Estado. El poder que podrÃa ejercer el Legislativo es coherente en base a la soberanÃa, como corazón del pueblo, como representación legÃtima y directa de todas las zonas.
La reforma al Estado debe prevalecer al conjunto de dogmas adoptados de la revolución, asà como aceptar la reelección en el mandato de legisladores y del titular del Ejecutivo. Basados entonces en la posible continuidad, podrá la República ahuyentar los fantasmas que imposibilitan su crecimiento y las itinerantes grescas polÃticas que están de moda.
En el Bicentenario y Centenario, no hay mayor festejo que el de aportar teorÃas que puedan mejorar nuestro Gobierno y favorecer aún más la independencia que tanto nos hace falta. La medición histórica que pueda pretenderse con la reforma al Estado –que jamás llega- es reconstruir los paradigmas de un paÃs convulsionado por modelos ineficientes que en otros dÃas fueron indispensables y que, en los nuestros, no son necesarios.


