La globalización funda sobre el proceso del libre mercado mundial la interdependencia de naciones sobre naciones, aglomerando el capital en una inmensa desproporción económica internacional, salvando los intereses de aquellos que, pudiendo competir en la equitativa desigualdad, edifican en la misma naciones imaginarias con mayor poder y solvencia en una sangrienta guerra donde los fuertes acaban sin piedad a los débiles.
Tal idea, cual selección natural, no unifica: destruye el poco patrimonio económico de los países no desarrollados, colonizándoles en la Uninación proyectada del capitalismo salvaje que consume todo aquello que pueda devorar. El poder empresarial consigue la desaparición de los caracteres significativos de las diversas culturas, robándoles la identidad, maniatando la iniciativa de los hombres y reduciéndoles a copias baratas.
La terrible enfermedad de la globalización sangra paulatinamente las colonias del orbe, controlando tiránicamente la libre decisión de las naciones para el autogobierno, tecnificando la aldea del mundo. La acentuación de la cooperación internacional muestra un contradictorio paradigma económico, aceptando la materia y negando al hombre. A bien del primer mundo la conveniencia de tirar aranceles y edificar muros, de importar alimentos y exportar hambruna. No hay en el modelo económico razones humanistas que prevean el incentivo de la sana cooperación entre los pueblos; toda caracterización de libertad se envuelve en una falacia de cultura, medrando a favor del comercio selvático que, amenazando la pluriculturalidad, acepta al hombre cual androide dispuesto a sacrificar su más elemental dignidad.
La globalización ha conseguido lo que ningún astuto mercader: comercializar al hombre como un producto, sobajar su integridad a un número de competencia, eliminar integridad y derechos fundamentales. La globalización estriba en la inconciente caza de todos aquellos dispuestos.
Los fenómenos ulteriores al proceso globalizador cambiarían a bien del tercer mundo en la sana cooperación en agendas reales sobre desarrollo, con políticas de integración y no de segregación. Los hombres no son iguales, somos todos distintos; sin embargo, existe en todos nosotros los valores universales que en todo tiempo y en todas las altas ideas se han buscado: la integración de los pueblos, no en uno, pero sí en aquel donde sobre la igualdad se homogenicen las oportunidades y se rompan los yugos del sometimiento de los menos favorecidos en la pavorosa enfermedad de la globalización.
Que la educación y el desarrollo se globalicen, que las fronteras se derrumben. La globalización no debe ser una obligación, sino una oportunidad para los hombres.
Sin atender a esos patriotismos baratos que tanto daño hacen- a integrar en el desarrollo internacional un nuevo sistema que no corrompa en la decisión monetaria de políticas económicas.
Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

-* Puede tener cosas buenas, y tambien malas.. Pero son mas las negativas, que las positivas…
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