El humor sueco.
En días pasados he charlado con detenimiento sobre las grandes nuevas maravillas intelectuales que la edad contemporánea le ha dado al hombre, esas figuras intangibles que realzan el nombre de cualquier brillante intelectual para inmortalizarlo y, de cierta forma, estereotiparlo para coincidir previamente con esa clase de ungidos pensadores.
El premio Nóbel, estrictamente el literario, es para el mundo un gremio exclusivo de escritores que tienen su obra inmolada para la posteridad; incluidos en la nada despreciable cantidad de coronas suecas que la Academia ofrece, además del reconocimiento de la realeza para exaltar el ego y el orgullo de algunas naciones.
Entre los galardonados existen hombres de gran valía para las letras universales, verdaderos clásicos que serán disfrutados y debatidos mucho tiempo después de tantas décadas. Paladines de la buena escritura y genios y gigantes lingüísticos que antes de haber recibido el Nóbel, eran ya reconocidos por la magnífica obra hecha. Antagónicamente, existen ganadores con nombres tan raros e irreconocibles como sus mismas obras, autores cuya identidad es la base de su fama al contrario de sus letras.
Desde el primer premio otorgado la política se inmiscuyó para hacer de las letras un prostíbulo de sujeción, maniatando al Nóbel a las presiones occidentales como una forma de reconocer la actitud que mejor representaría el espíritu del ganador: la aceptación de tal intelectual por el aporte ideológico más considerable o menos dañino para el mundo conocido –Oeste-. Es ahí cuando surge la primera afrenta al orgullo literario: el destierro intelectual de León Tolstoi, la excomunión práctica del círculo pensador “más respetable” en el ámbito, cuando la figura del ruso era inminente para obtener la primera edición del premio por su indiscutible trayectoria.
Uno de los renegados del pensamiento moderno, Jean-Paul Sartre, fue para el Nóbel la gran revolución que éste necesitaba, la negación por completo a lo establecido y el rechazo imposible a dicho premio, ubicando la dignidad literaria por encima de cualquier reconocimiento que la fama impuesta pudiera lograr. El rechazo de Sartre al Nóbel significó la frescura y el orgullo romántico que la oposición mundial necesitaba en ese momento: una visión trascendental y crítica a todos los regímenes.
Entonces, en base a la crítica de Sartre al Nóbel, ¿quién vio en aquellos años a algún soviético galardonado a favor del comunismo, o en nuestros años a algún otro escritor ganador a favor de alguna oposición al régimen imperial?. La calma que se ha logrado en base al Nóbel ha sido la otorgada a algunos intelectuales rusos y uno que otro chino que, teniendo nacionalidad non grata son opositores a sus respectivos Estados hallándose en el exilio. Sino, ¿donde se encuentran Kafka, Cortázar, Joyce, Green e incluso Borges aunque a muchos lo despreciemos?.
Sin dudas, los suecos carecen de humor y la selección que realizan año con año obedece más al mapa lingüístico mundial que a la capacidad de los escritores.



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February 2, 2009 @ 22:51
Germán. Gracias de nuevo por la invitación a CP y por tus comentarios. Sobre este post, refrescante como siempre, una mirada a la política desde otro ángulo, el literario, en este caso. Nos estaremos leyendo.
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