El efecto chupacabras.

“No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo… La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia” Albert Einstein.

El mayor efecto que puede ocasionar de tajo cualquier cambio social es el pánico. Es la influencia de cierto factor que altere la conducta de los ciudadanos para promover así, por medio de una alerta o de una acción desmedida, la alteración, el convencimiento y la necesidad de movilización de todos los sectores que componen a un Estado.

Confirmada muchas veces la teoría del enemigo común, grandes potencias o líderes sociales y/o políticos por medio de los anteriores argumentos, se han hecho del poder del convencimiento para interactuar con venia del ciudadano en solventar las crisis, muchas de ellas creadas, y acaparar el llamado de “necesidad” obligada que todo Gobierno debe ejercer sobre los apocalípticos presagios que auguran a las poblaciones. Guerras, crisis, epidemias, individuos, razas y cualquier mención que pueda ejercerse, son lo que se infiltran y van minando la conciencia general hasta crear un caos que solamente un poder extralimitado puede resolver.

Hay también, como efectos de pánico, los distractores, que bien pueden generar únicamente la desviación de atención mientras ciertos grupos o actores pretenden que la información no circule o sea desapercibida por la medio de la población. En México no estamos exentos de tales efectos distractores. Nos han generado durante mucho tiempo una cortina de humo que opaca la visión y hace olvidar la mayoría de los problemas. Como una copa de vino, emborrachando a la población, cegándola etílicamente en un furor desenfrenado, requiriendo soluciones.

En estos días donde el tapabocas inició su moda y el mismo día se declaró la recesión histórica que hará enfermar al gran capital del mundo, no puede descartarse como un efecto de pánico o de distracción la marea apocalíptica que se ha desatado en México por medio de la influenza. Son tantas las mentiras y sobrados los chantajes que la clase política le sembró al país, que el clásico escepticismo de muchos resulta como una broma de mal gusto ante la situación.

Peculiarmente ante la enfermedad, las teorías de conspiración y de complot sugieren medidas carentes de fundamento racional para dicha plaga que, según datos oficiales, podría iniciar uno de esos cataclismos vistos cada centuria de años. Es difícil que organismos internacionales pudiesen prestarse a tal juego para hacer de la sicosis internacional un práctico método para espantar al mundo. Tales prevenciones, no pueden pasarse por alto. ¿O sí?. No hay moral, no se puede creer en nadie.

De cualquier modo, no puede tomarse a la ligera la medida de precaución que los Gobiernos han sometido a la ciudadanía. No puede haber mexicano que, sobreviviendo al osito panda y al chupacabras, deje de sonreír ante el pleonasmo de las crisis, los temblores y de varios y singulares individuos que nos hicieron actuar de distintos modos.

El caos sólo ordenará las vicisitudes e incoherencias en que los ciudadanos pudiéramos caer. Confiar y esperar, ya lo dijo Edmundo Dantés. La solución jamás se encontrará en el miedo ni en las alertas que, de un modo u otro, pueden encarecer el capital social y político que inminentemente se avecina en próximas fechas. Eso, eso si será una epidemia que no tiene cura ni solución política alguna.

 

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