*Plática para TEDxCentroHistórico
Si hiciera la cuenta de cuantas horas he pasado protestando en esta ciudad probablemente me alcanzaría el tiempo para una caminata de aquí a Alaska y de regreso. Casi estoy convencido de que esta ciudad está hecha para protestar.
Es más, si lo pensamos bien la ciudad es una protesta en sí misma, construida sobre un lago esta ciudad pudo haber desaparecido hace muchos siglos y sin embargo ha protestado para no hacerlo, todos recordamos su origen al quejarnos del caos por la lluvia: Tlaloc humilla a nuestra ciudad amnésica de su alma de laguna.
Así, en nuestra ciudad-protesta, tenemos manifestaciones por doquier, en promedio 5 diarias en el Centro Histórico y el número parece que no va a decrecer. Probablemente ese sea un buen termómetro de la vida democrática: el número de protestas que se tienen en la ciudad.
Vale la pena preguntarnos ¿Qué tipo de ciudad nos imaginamos? En el contexto electoral, las tres candidatas al GDF se imaginan una ciudad sin protestas, una de ellas ha propuesto una ley para regularlas y otra más piensa que se pueden aislar en espacios construidos especialmente para eso, de hacerse, entonces estaríamos censurando de manera grave peor aún, se estaría afirmando que las calles son únicamente para los coches, el asunto no es menor, que 3 aspirantes a gobernar la ciudad lo digan es indicativo de que un sector importante tal vez piensa de manera similar. Nuestra ciudad-protesta se convertiría entonces en ciudad-exclusión.
Por eso sorprende que entre los medios y políticos se quiera generar un consenso: la protesta es mala, la protesta puede generar un discurso violento y de odio. Mala noticia: protestar no es odiar.
Una buena unidad de medición de cuánta democracia hay en el mundo, son precisamente las manifestaciones: cuántas, de quién y por qué. La apropiación del espacio público para la demostración política ha generado lo opuesto a la violencia y al odio: ha guiado países enteros a replantear su forma de gobierno y a tomar conciencia mundial del futuro de la democracia e instituciones. Creer en la deliberación pública y razonada, pero también creer en las acciones deliberadas que hagan avanzar la democracia.
En la convivencia diaria, quiero pensar que esas manifestaciones pueden volver locos a los habitantes del Centro Histórico y quizá la mejor propuesta es generar conciencia acerca de la importancia de las protestas como método de expresión. Si, ya sé que me van a decir que-hagamos un cálculo- 4 de cada 5 son de grupos con intereses creados y lo más seguro es que sea cierto, aun así son evidencia de lo precario del sistema político de diálogo asimétrico: ni todos pueden entrar al diálogo ordenado ni todas las consignas “importan”
Protestar también es una forma de deliberar. En la democracia se necesitan demócratas deliberativos y también activistas deliberados.
Tomarse el pluralismo valorativo y de opinión de forma seria es renunciar al sueño del consenso racional. El carácter pluralista de una sociedad democrática debe estar basado en que ningún actor social (proteste o no proteste, sepa de lo que habla o no lo sepa, apele a ideas o a emociones) se atribuya la representación de la totalidad. La democracia deliberativa no necesariamente termina en consenso (a menos que sea precario) ni puede escapar a la existencia de adversarios (aunque debe evitar la enemistad destructiva).
Que esta ciudad siga protestando para que viva y la vivamos. Combinar las nuevas tecnologías, la participación ciudadana y la apertura para que cada vez más gente participe. Zanjar las brechas entre gobierno y ciudadanos para que nivelemos esa desigualdad entre quienes protestamos y quienes están en las mesas donde se toman decisiones.
El espacio público, especialmente las calle no pueden ser vistas como una infraestructura para la circulación. Las calles son para EJERCER DERECHOS.