Este jueves quiero inaugurar una propuesta para mis comentarios en CriticaPura. Me gustaría postear algunos temas más “experimentales”. Aunque me apasiona el debate en torno a la política, la sociedad y la economía, uno no puede dejar de lado otras facetas del bien vivir como el arte, los amigos, los pasatiempos, o las simples caminatas cotidianas que tanto enriquecen el espíritu con detalles tan sencillos como un bello paisaje. Mi intención es que esta columna (Bon week-end) salga fines de semana, dejo este piloto para ver si les agrada lo que escribo en un tenor no político.
Hoy quiero hablar del histórico barrio de Polanco, en la ciudad de México. Hace algún tiempo, cuando llegue a vivir ahí, recuerdo haberme convertido en un auténtico boyscout: peiné a pie toda la zona, desde la calzada Mariano Escobedo hasta el Bulevar Manuel Ávila Camacho, y todo Ejercito Nacional hasta alcanzar Paseo de la Reforma, descubriendo, en el curso de la expedición, las amplias y poéticas vías de Homero u Horacio, en donde se yerguen edificaciones tan representativas como la parroquia de San Agustín. Y también encontrando al paso callejuelas de un insospechado sabor nostálgico, como la parte más meridional de Hegel, tan frondosamente arbolada que pareciera tener un techo de esmeralda, con poderosos troncos que hacen elevar copas cuyas hojas más altas saludan a las que nacen del fuste en la acera vecina.
Una buena parte de mis rutinas han sucedido desde entonces aquí: encuentros con amigos en los parisinos cafés-bistrots de Campos Elíseos y bares de la avenida Masaryk, como el del Habita, desde cuya terraza se domina el corazón del vecindario; reuniones en los restaurantes de Julio Verne; cenas de ultima hora en los sabrosos (y maravillosamente baratos) tacos del Taco-Moloco frente a la Defensa Nacional; búsquedas literarias en la generosamente surtida sucursal de El Péndulo sobre Alejandro Dumas; espartanas salidas a correr en la mañana por el camellón de Horacio.
Hace poco, sin embargo, se me dio re-descubrir Polanco. A diferencia de muchos otros lugares de la ciudad, Polanco es, más allá de sus boutiques, centros comerciales y departamentos tipo loft, una exquisita zona para salir a curiosear. Y es que así es Polanco: caminable; y así lo he estado re-descubriendo: caminando.
Algo que encuentro fascinante del sitio (el barrio de Polanco es en realidad un conjunto de seis colonias contiguas) es la serie de contrastes que uno encuentra; eclécticos, pero armónicos a su manera. Caminando por Oscar Wilde uno se topa con tradicionales puestitos de flores y fruta frescas a pie de calle, lo mismo que exclusivos negocios gourmet donde se debe pagar una pequeña fortuna para adquirir un minúsculo frasco de cardamomo o una latita de foie gras. En Emilio Castellar, a la altura de La Fontaine, se pueden mandar a hacer trajes a la medida con finas telas importadas, de esas de las que se puede sentir su rica textura sólo con la mirada. En la misma calle, a la altura de Goldschmit, existe la posibilidad de conseguir un buen atuendo, a precios mucho más razonables y sin sacrificar tanto en calidad, en una tradicional sastrería cuyo dueño ha portado el mismo apellido por tres generaciones. Jamás me cansaré de llegar hacia Moliere vía Ibsen, para ver como Louis Vuitton y Cartier comparten plaza junto al local de tamales y la ferretería donde mandé hacer mi nuevo juego de llaves, luego de volver a dejarlas en Cuernavaca por enésima vez. En Polanco es posible sentarse a la mesa de El Pujol, en Petrarca, para degustar el aguachile de láminas de garra de león y venado en recaudo negro; o irse a los famosos Caldos Polanco para probar, por 35 pesos, un caldo de pollo que trae consigo la garantía de cuatro décadas de aprobación popular (ni que decir de los esquites de la esquina de Moliere, cuya clientela debe esperar hasta media hora en la fila).
Una de las notas más interesantes del barrio, y que lo hacen ser tan vibrante, es su acentuado cosmopolitismo. Por años, Polanco ha sido hogar de las comunidades judía, española, libanesa, francesa, alemana, y más recientemente japonesa, entre otras. La presencia de numerosas embajadas hace que oír acentos y lenguas extranjeras sea moneda corriente. Polanco es como un puerto a donde arriban gentes de todas partes; puerto que ha renunciado a tener su mar, a caso temiendo que el calor salado de la playa carcoma sus antiguas casonas estilo colonial californiano y decimonónico afrancesado, muchas de las cuales se han convertido en exclusivas boutiques, galerías de arte, embajadas, y oficinas como las de la Fundación Colosio, que ha atinado en mantener el edificio, verdadera joya, en excelentes condiciones.
Gracias a su diversidad cultural, se encuentra una extensa y sibarita gastronomía por los rumbos, desde ricos helados italianos hasta pechuga de pato en Saint Honoré; tanto excelentes cavas de vino como una amplia gama de quesos. Saliendo a correr por las mañanas al parque Lincoln (en que pese al transito urbano de Anatole France y Luís Urbina se puede respirar aire fresco) veo a otros corredores, titiritando como yo por un frío acompañado de bruma y sereno. Algunas de esas corredoras son chicas judías que salen a hacer ejercicio con un curioso ropaje: sus tradicionales faldas largas, pero adaptadas en tela deportiva para la ocasión, y el cable de los audífonos de un iPod pasando dentro de su pañuelo (también ‘deportivizado’) sobre la cabeza. A algunas de ellas, muy bellas (oy vey!) les he tratado de robar una cómplice mirada, aunque no he logrado pasar de un ‘shalom’ y una sonrisa que se esfuma a la velocidad en que pasamos corriendo en sentidos opuestos, ella por la galería de antigüedades, en dirección a Dickens, y yo hacia Arquímedes.
Este mismo parque Lincoln es una delicia para pasear en fines de semana. Ahí se encuentra la Torre del Reloj, para muchos, símbolo de Polanco mismo, y que en su interior alberga un saloncito donde se encuentran exposiciones insospechadas de pintura y fotografía. Yendo hacia Temístocles, se encuentra también el teatro al aire libre Ángela Peralta y el aviario, a la altura de Eugenio Sue y Mousset. Sábado y domingo, en sus dos espejos de agua, se dan cita aficionados a los barcos miniatura, que con gran pericia navegan sus embarcaciones a control remoto, mientras los menos experimentados rentan una nave que queda a la expectativa, como pairo.
Desde ahí uno puede ir a caminar al parque América, ir a un concierto en el Conservatorio Nacional, cerca de la sinagoga, curiosear un improvisado e improbable marché aux puces en medio de plena plaza Antara, o de plano salir por el Obelisco a Bolívar rumbo al Paseo de la Reforma, cruzar hacia Campo Marte y su monumental bandera, y de ahí elegir entre una ópera en el Auditorio Nacional, o una exposición en el Museo Nacional de Antropología mientras se recorre las muestras de pintura que suelen ponerse en Reforma a la altura de Chapultepec, a donde también se puede ir para visitar el zoológico o internarse hasta el Castillo, aunque esto lo ubica a uno ya en los límites del barrio.
Caminando de vuelta al depa desde Masaryk, doblo hacia parque Lincoln por pasaje Polanco, y salgo a la estatua de Martin Luther King. Desde ahí, ya de noche, veo las luces de los altos edificios en la zona hotelera (qué buenos martinis los del W!). Ya se ha montado un buen transito –aunque no tanto como el que se hace últimamente en la glorieta de Ferrocarril de Cuernavaca, frente a Lyceo Franco-Mexicano. Con todo, el claxon de los autos se va paliando con algunas notas de jazz de un barecillo escondido en Monte Eibruz, que medio compiten con las percusiones de un pub en Campos Eliseos, o quizá del Hard Rock Café. Ya casi llego a Moliere, y ahí se va acabando el trayecto, los ruidos del barrio, y este comentario. Así termina el recorrido por lo que desde los años veintes es Polanco, la antigua Hacienda de San Juan de Los Morales. Quizá mañana, si me levanto temprano, tenga más suerte encontrando miradas cómplices en mis correrías por Horacio o Parque Lincoln.
PS. ¿Se acuerdan de la película “Matando Cabos”? Aquí les dejo el video de la canción, “La reina de Polanco”.
Algunas referencias:
http://www.ciudadmexico.com.mx/zonas/polanco.htm
http://www.polanco-online.com.mx/
No pues sí te diste un buen rol, ja. Te faltó hablarnos de tus platillos favoritos del Au pie de cochon y del Cirque… No te creas, para mi Polanco es malabarear en la esquina de Ejercito Nacional y Ferrocarril de Cuernavaca, caminar por las vías del tren y tomar una o dos caguama en los escaloncitos de Elizondo con una baguette de chorizo español. Lo que no me gustó fueron las fotos… todo lo que pusiste es súper nuevo… mejor hubieras puesto san agus, horacio, el pasaje… saludos.
Hola, me encantó tu tema y tu estilo de narración, lo cual sin duda nos hace trasladarnos a ese lugar de una forma completamente diferente a como casi la totalidad de las personas que por alguna razón u otra tienen que ir algunos días de la semana a Polanco o que de plano ahí trabajan. En tu escrito lejos queda el stress de trasladarse por sus congestionadas calles, el toparse con camionetas de “guaruras” custodiando a algún importante personaje, a la falta de estacionamiento o la creciente inseguridad. Mejor aún, yo veo un interés por descubrir algo nuevo o exquisito, así como también algún ejemplo de rancia historia, que todo yace en esa burbuja que es uno de los barrios más emblemáticos de la Ciudad de México. Pero, ahora, queda sólo en mi recuerdo, pues casi todos los sitios que mencionas también los conozco, ya que ahora vivo lejos de todo eso, y en cierto sentido, lo extraño, y si un día regreso, no lo dejaré de volver a visitar.
Saludos desde Mérida, Yucatán.
El texto tiene lo suyo, te lees en lo que escribes, aun en tus caminatas citadinas. Creo que la narrativa te va bien, el recorrido es ameno, con tus típicos toques de humor.
En cualquier caso, soy una lectora bastante esporádica de este blog, así que no sé a qué público está dirigido, a qué lector pretende llegar. Por lo que veo, tiene una dirección política, que busca la crítica -del autor, para que reaccione el lector- y veo difícil que la caminata Polanco se preste para ello. Tú mismo lo dices: quieres experimentar algo distinto; pero siento que el texto gira demasiado en la promoción, como publicidad turística de primera mano.
Eso es. Tu narrativa tiene de ti, te lleva, y hasta te hace sonreír, pero me dejas con la curiosidad de leerte en algo más.
Otra vez, gracias por la invitación. De cualquier manera, vuelvo pronto a Polanco. (No descuides los acentos).
Un abrazo!!
Natalia
Después de 7 años de vivir y convivir en la Gran Ciudad de México,debo alabar tu capacidad de asombro con la misma.
Ciertamente reconozco que la ciudad tiene su encanto, sus lugares y su gente, no obstante en tu narrativa evocas un conglomerado de puntos que en sí mismos no logran diferenciar a Polanco de otras zonas importantes en áreas metropolitanas.
Así pues, te seguiré la pista, tal vez soy yo la que no ha captado la idea general de tus letras.
Definitivamente es un paseo exquisito, dan ganas de regresar y siento que ya extraño esos rumbos.
La primera vez que fui a Polanco fue porque tuve que visitar la embajada Canadiense… mira lo que son las cosas…
Excelente post y si no te abruma el tener que escribir algo cada semana (a mi se me da mejor cuando me nace) pues adelante, que el proyecto pinta bueno.
Un abrazo.
PD. Suerte con las judías.
Aramis. Vaya giro. Si bien tus publicaciones han sido entorno a la política y economía, el abordar las prácticas sociales en “Bon Weekend” te hace crecer como editorialista. Me explico. Personalmente el leer sobre Polanco me provocó el recordar a Michel De Certeau, Foucault, Henry Lefevre, Agnes Heller, Rosana Reguillo y Alicia Lindon. Todos ellos apasionados del tema de la vida cotidiana, y sinceros convencidos de que el hacer un análisis de el conjunto de lo significante (de lo que distingue una sociedad y de lo que forma parte de su ideología) permite entender el vínculo social y como es que éste garantiza su continuidad. Creo que convierte a tu columna en algo congruente con la breve idea de Sinergia que me has compartido. Pues si buscamos el empoderamiento ciudadano, ¿no deberíamos empoderar también a lo cotidiano? En fin me agrada Bon Weekend. Ahh! Y particularmente de Polanco las pocas veces que he ido, no he tenido el placer (así invitas a pensarlo) de vivir ahí, se respira ese “cosmopolitismo” acompañado de los contrastes únicos en México. Pero bueno ahora tengo identificada perfectamente a la persona que me ayudará a conocerlo más. Au revoir, mon amie.
Nos gustó mucho tu artículo sobre la Colonia Polanco, somos grandes apasionados de la zona y la describes con una sutil y entregada pasión que nos revive el gusto por la misma. Ahí lo encuentras todo, es maravillosa y desde su lujosa Avenida Presidente Masaryk, su nivel de vida, la ubicación y lo amigable que es con el peatón hace recordar que la Ciudad de México es tan Cosmopolita como única.
Si quiere alguien saber un poco más sobre Polanco no duden en visitar CirculoVivo Polanco.