Durante siglos las visiones religiosas hegemónicas han sido poseedoras de una especie de fuero social que las defiende ante la crítica y la razón, ya bien dice el antiguo proverbio mexicano que “de política ni de religión has de hablar” pero sobre todo de esta última, y es que se ha desarrollado el mito de que la religión es una decisión con implicaciones meramente personales, privadas, una decisión individual ausente de cualquier posibilidad de critica externa. Se te puede juzgar por cosas importantes como tu ideología, o por cosas intrascendentes como con quien te acuestas, pero en el momento en el que desees abrir un debate sobre tu “fe” nuestra programación neuronal y social se activa para argumentar lo individual de dicho tema por lo que es mejor no ser tratado. Se utilizan conceptos mal entendidos como el de la pluralidad y el de la tolerancia ya que el debate y la discusión de ideas con argumentos pareciera un acto irrespetuoso, un acto de guerra, pero ¡no!, el debate es esencial para el desarrollo mental de todo ser humano, es una parte intrínseca del mismo cosmos, ya lo llamemos, dialéctica como Hegel, Apolo y Dionisio como Nietzsche, Ying Yang como en el Taoísmo, 0 y 1 en nuestras computadoras, la retroalimentación de dos pares opuestos pero complementarios es el punto de nacimiento de todo progreso, es lo que nos vuelve un sistema dinámico abierto, vivo y no uno inerte, dogmático.
¿Pero por qué me debería preocupar por lo que piensa el otro? Pues en realidad no debería si viviéramos aislados uno del otro, o por el contrario donde no existieran los dogmas impositivos, pero la realidad social es otra, vivimos en un conjunto interconectado (cada vez más) donde cada ser humano es un nodo de pensamiento que recibe, procesa y transmite información y que termina por crear micro condiciones iniciales que a la larga tendrá afectaciones en el devenir del sistema en su conjunto, la unión de nuestras pequeñas acciones determinan la realidad social.
La religión es una variable más dentro de la ecuación humana, una importante ya que representa los valores con los que una persona probablemente se guiará y actuará en consecuencia, así que el descartarla con el argumento de ser intocable e inmutable es ocioso y perjudicial.
Desde hace unos días estamos viendo la batalla de declaraciones de un Cardenal faraón que como ya se le está cumpliendo el sueño de ver su gran pirámide terminada, sueña con tener su propia cruzada, su propia lucha épica contra el mal, que termine por traer el reino de los cielos a la tierra a su imagen y semejanza. Pero también podemos aprovechar este momento para abrir otro punto a discusión, el de la función de la religión en la sociedad contemporánea y futura, la de sus deberes, obligaciones y beneficios socialmente otorgados, esto no se trata de imponer u obligar a nadie a cambiar su forma de pensar, pero sí de hacernos consientes que todo debe entrar a la discusión, no hay nada sagrado ni divino en una verdadera pluralidad. Ya no temamos defender a la ciencia y a la razón, pero tampoco caigamos en determinismos y dogmas, no pasemos de la figura cardenalicia a la del académico sagrado, formemos un nuevo paradigma en donde las ideas se discuten con ideas y todo está sujeto a cambios.
Hoy la oligarquía eclesiástica se duele ya que han perdido uno de sus más valiosos terrenos de control, el cuerpo, hoy surge una clase de sociedad que se ha vuelto consciente de que el único propietario de su hardware son ellos mismos, no necesitan manuales, ni tutoriales, cada uno puede usarlo como le plazca, y es esto mismo es lo que los ha radicalizado, por eso urge romper con el fuero de la fe, desdivinizarla y traerla al campo de discusión terrenal donde las imposiciones morales absolutas y mitológicas han de ser desechadas como estándares de comportamiento, si es que una nueva Cristiada se avecina, que sepa de antemano que ante las ideas fundamentadas y libres no hay manifestación o declaración que sirva como herramienta.