Armenia y sus razones para huír de Europa

Cuando pensamos en genocidio, nuestra mente inmediatamente gira hacia los judíos. De Ruanda y Armenia – quizás porque no tienen su propio Spielberg – muy pocos se acuerdan ya. Para confirmar esta amnesia global, se han firmado dos sorprendentes protocolos que “normalizan” la relación de Turquía con los armenios. ¿Y quién se enteró? Lejos de implicar el reconocimiento de la responsabilidad turca, estos documentos ponen de manifiesto la baja guardia de Yereván al dejar de lado la herida más profunda que ha sufrido en su historia, o bien, la triste vulnerabilidad que sufre el país.

No es posible comenzar sin antes enfatizar lo que aún debería estar presente en la memoria: hubo en Armenia un brutal holocausto en el que la migración forzada a manos de los turcos otomanos implicó la muerte de 1.5 millones de armenios a partir de 1915.

Una lamentable masacre que por décadas cimbró (y continúa cimbrando, especialmente a la diáspora) de dolor al país ante la postura turca de negar el genocidio argumentando que fue “legítima defensa” en el contexto de la Primera Guerra Mundial y que “ambos países sufrieron pérdidas”.

La última gran mención internacional sobre este tema ocurrió en 2008, cuando Barack Obama – muy a pesar del gobierno de Turquía - expresó su convencimiento de que los turcos llevaron a cabo matanzas sistemáticas de armenios a principios del siglo XX. Por su parte, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas junto con otros quince países, reconoce y considera este hecho como un genocidio.

Tras meses de guardar silencio y cautela al declarar a este respecto, el ministro turco de relaciones exteriores, Ahmet Davotuglu, ha anunciado reiteradamente su intención de “normalizar” la relación  con Armenia bajo la firma de dos protocolos implementados en 2009. Sin duda, la posibilidad de que este acercamiento – que por primera vez en décadas se ha presentado – calme los ánimos respecto al genocidio (si es que esto es posible), representa un avance gigantesco en la historia de la paz y la seguridad en el Cáucaso.

Por razones evidentes de economía y política internacional, para Armenia, un país sin salida al mar y con un elevado número de ciudadanos (estimado entre los 50,000 y los 70,000) trabajando indocumentados en Turquía, el acercamiento con los turcos es deseable. Más aún, en el contexto internacional, Armenia se verá favorecida económicamente al dar signos de cooperación con los turcos. Pero ante millones de muertos ignorados y deshonrados, es momento de evaluar si resulta tan fácil dejarlos ir en la memoria histórica a través de un par de firmas.

Prueba de ello es la tensa y forzada situación en la que se firmaron los citados protocolos en Zurich el pasado octubre, cuando el mismo Javier Solana, Hillary Clinton y los ministros de exteriores de Francia y Rusia debieron echar mano de todas sus alternativas diplomáticas – y personales – para persuadir al canciller armenio, Eduard Nalbandian, de no faltar a la reunión. Ya camino al recinto y tras conocer las palabras que el turco Davotuglu daría en su discurso, el ministro de exteriores Nalbandian decidió ordenar al coche que lo conducía dar media vuelta y regresar.

Fue necesario que la firma de los protocolos se retrasase tres horas y acordar que ninguno de los implicados pronunciara discurso oficial alguno. Tras este ilustrativo relato, resulta fácil dar lectura y entender la posición de Armenia, a quien no deben faltar razones para frenar, volverse y huír del contexto europeo.

Así, la pregunta obligada para todos los países miembros de la Unión Europea (especialmente para aquellos que se empeñan en cubrirse de gloria y pasar a la historia como los mediadores en este conflicto) deberá ser si es posible obviar un holocausto y un intento de evasión de la responsabilidad del mismo en favor de un panorama internacional más pacífico.

Cuestionarse si un bloque o un país no se convierte en cómplice de genocidio al utilizar la diplomacia para obligar al vulnerable país víctima a abrazar a su genocida solamente porque resulta muy loable (y mediatizable, y políticamente fructífero, y económicamente explotable) luchar por la paz y la seguridad del mundo.

Turquía, como ningún otro país islámico, tiene en la actualidad la opción real de elegir  abandonar costumbres arcaicas basadas en la discriminación y la violencia para apostar por la democracia, los derechos humanos y la modernización en aras de convertirse en un modelo musulmán democrático a seguir por otros países en transición.

El restablecimiento de relaciones con Armenia, es de hecho una de las cartas positivas con las que juega para argumentar que existe una disposición de tomar acciones que la acerquen a la Unión Europea mientras reúne los demás requisitos (Chipre, Kurdistán y una exhaustiva reforma que la acerque a los procesos democráticos).

Para empezar bien tal proceso, Turquía deberá eliminar los esqueletos de su armario: reconocer y reparar los daños históricos de los que es responsable. De no ser así, se perfilaría como el miembro más “materialista” en perseguir una adhesión a la Unión Europea, entidad que no sólo cumple una función económica sino también política y – dicho sea de paso -, se precia de ser una especie de estandarte de la libertad, seguridad y paz.

Con base en esto, Armenia habrá de evaluar si continuar el camino hacia la reconciliación, u ordenar de una vez por todas al coche que vuelva a dar vuelta y recorra un camino lo más lejos de Europa (y Turquía) hacia una integración con países musulmanes más perniciosos para la democracia internacional pero que le ofrezcan un reconocimiento más digno.

Sobre el Autor


¡Sígueme en Twitter!