Leyendo las páginas de los diarios nacionales en la semana que termina, me llamó demasiado la atención muchos encabezados, informado la unidad en la contienda por la gubernatura del Estado de Durango en una inusual coalición, conformada por el PAN, el PRD y los esbirros incondicionales del “Sol azteca” en contra del PRI.
Y, sucede que, ante el grato aval de la dirigencia del PAN en México, no puede haber opinión clara y definible ante el “amontonamiento” en contra del PRI. Suponiendo ingratamente armoniosas parsimonias en nombre de la democracia, los buenos hábitos políticos y todo aquello que prediga un descalabro inminente al dinosaurio, todo predispone un escenario apocalíptico para llegar a tales alturas.
A pesar de que el agua y el aceite son incompatibles, que la predisposición ideológica es contraria y, sumando las agravantes pueriles entre espurios y legítimos, entre oficialismo y oposición, polaridades diferentes y encontradas y todo aquello que podría sumarse, ¿qué demonios justifica una alianza de tal magnitud, de tal indiferencia y sobretodo, de tal cinismo entre el PAN y el PRD? Si la simpleza de derrotar al PRI en Durango conduce a tales decisiones, es vergonzoso, me daría pena ajena y no tendría ningún arrebato en descalificar tal venta de idiosincrasias a la bajeza de prostituir, de tal forma, la política.
¿Con qué calidad moral y predisposición a “crear acuerdos” podría unificar las corrientes entre PAN y PRD? Es lamentable y poco ético que, en busca del poder simplemente por el poder, de joder por joder y de armarse en una confrontación bilateral para debilitar, la carestía de postulados infunde una amalgama ciertamente nada homogénea entre dos dispares.
Dejando de lado lo anterior, ¿qué predisposición esconden ambos partidos en contra del PRI? Ciertamente, un impulso desesperado como esa alianza, encierra un terror inmenso a enfrentar solos, una visible marabunta de votos que casi visionariamente seguirán la estadística para un dinosaurio engrandecido y soberbio que espera, ansiosamente, la elección presidencial del 2012.
Hace falta demasiada congruencia en la política mexicana y alguna tenue y escueta idea general de dignidad. Poco, aunque sea poco, de los principios anteriores. ¿Dónde está el recalcitrante discurso perredista en contra del PRIAN, los desgarrados e indisolubles seudoizquierdistas, los descafeinados y genuflexos defensores de Calderón, la exigua escuela política?
¿El fin justifica los medios? Para ellos, sí. Sin lugar a dudas ambas cúpulas partidistas perdieron el mínimo ápice de integridad que aún conservaban y la poca brújula ideológica que manaba de sus pilares.
