Reflexiones sobre el poder.

El poder es efímero, finito, ocasional.

Negativamente funge como un elemento que contusiona y enferma al que no puede controlarlo, que atiende a la locura y al terrible engreimiento y a la depreciación, a la incapacidad de la soberbia, a la tiranía.

El poderoso sin aptitud es destructivo, vulgar, insípido.

Amputa espíritus, transforma caracteres, retuerce mentes y constituye las ambiciones desmedidas que caen en el fatalismo; discontinúa, desfallece, encarcela almas. Formula un deterioro paulatino en la naturaleza humana, fomenta el egoísmo, capitula las máximas formas del deterioro, de la desaparición en cualquier forma de organización; pierde todo anhelo y nobleza en el hombre.

Aquel que puede cargar con la titánica responsabilidad de imponerse con la razón, que puede retar al incomparable futuro y resarcir los cimientos desgastados y corruptos, que engendre la idea de la superación y tenga la suficiencia y facultad para engrandecer al espíritu, sea cual fuere su medio o método, deja de lado la condición humana y enciende la santa ascua de la inspiración: la creación del hombre, el resurgimiento del hombre, el dueño de si.

El noble que pueda contenerse dentro del poder propio será capaz de catalizarlo y animar a los otros a respetar la instancia manada de él: quien no pueda ejercerlo interiormente y respetarlo será incapaz de trasmitirlo a los otros, postulará a la anarquía como incisión mortal en el poder y resentirá la investidura impuesta en él.

El poder no tiene teorías, ni conquistas, ni suposiciones. Es característico del que enfrenta o que practica la genuflexión de la servidumbre. La transición impuesta, el yugo forzado en el poderoso será inservible ante el libertario.

Quien ocupe un poder real será un grito imponente que levante conciencias, que cierna los ideales más profundos y las altas aspiraciones de los hombres. Se impondrá como un profeta, a veces incomprendido, que tendrá que destruir lo inservible y levantar columnas en la fértil tierra del futuro.

Inspirará, realzará, fortificará los templos de la verdad, y con decisión, llevará a los depositantes de su libertad a los fines perseguidos.

No impondrá salvo en las situaciones que necesiten de un peligro al fin o a la integridad de los postulados; ni jamás, en ningún momento, deberá pensar en la eternidad del poder, que como trascendió hasta él seguirá hacia otros.

Así, cuando hubiera vencido a si mismo y encontrado la realización del objetivo primordial del otro, podrá enfrentar al poder mismo y a cualquiera que pudiera contenderle.

Mirará a la historia y será, por siempre, la inspiración para el poder mismo.



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