Crónica de una manifestación
La tarde era calurosa. Caliente también el ánimo de los manifestantes. La algarabía, vestida de rojo, impedía los espasmos burgueses. Los obreros, estudiantes y ciudadanos ahí reunidos cobijaban la clase media, haciendo de la manifestación una expresión completamente diferente.
Los granaderos, los militares, los empleados del ayuntamiento y de la policía federal y de todas las dependencias del Gobierno, detrás de línea, esperando, reprimiendo, ahogando. La prepotencia, la vanagloria de ser una idea, un sueño sin sentido. El pueblo contra el pueblo, la razón contra la orden. Las invisibles separaciones que causan la ausencia de necesidad y la inconsciencia de los habitantes.
Los obreros de Industrias no fueron solo obreros en la manifestación. La unión, densa entre todos los habitantes, creando una simpatía general, irreprimible, forjó una unión inseparable para los días venideros, interminable. Los cantos en a favor de la clase obrera, a favor del movimiento de la sencillez, acomodo tajantemente una feroz negociación de clases.
Por fuera de la carretera federal a México, bloqueada, los obreros ocotlenses insultaban, con razón, a un presidente del “empleo”, a un espurio que traiciona a la necesidad y apoya la incomprensible y voraz razón del mercantilismo. Un Emilio, que puede otorgar macrolimosnas y no solucionar un conflicto, que insulta a la pobreza, que maniata esperanzas y que resiente odios, que mantiene la facilidad de la miseria.
Al unísono, a la par, todos cantando, insultando, exigiendo. No más, no menos, lo simple y lo esencial, lo necesario. Todos éramos obreros, todos manifestábamos el sentir de la clase obrera, y de la clase popular, y de todos los anhelos y las necesidades de las clases desprotegidas. Fui obrero, fuimos obreros. La agitación correspondía, detrás de las líneas de granaderos, escondidos en sus empleos, todos aquellos cobardes, y traicioneros, tomando fotos y videos de los agitadores, escondidos detrás de las armas, burlándose de la causa. Detrás de las armas, de los escudos y de las armaduras, demostraron su incapacidad.
Sí, fui un agitador; orgullosamente. Maldije, insulté, canté, grité. Con marca personal, con panistas detrás de mí, fotografiándome, intentando reprimir. Sí, el PAN es un ente represor, capaz de vender el alma y los buenos sueños de los habitantes, capaz de negociar la soberanía, la libertad.
Sí, fui y fuimos obreros ese día. Calderón a lo lejos, imagino, burlescamente insultaba junto a Emilio el movimiento obrero. ¿Qué se puede esperar, de ese par de desgraciados, que manan de una institución reaccionaria, que vende patrias y acumula indignación?.
Fuimos obreros, e insultamos y maldecimos con derecho y la obligación de hacerlo. Ellos con hambre, nos con enojo. La tarde cada vez se encendía.
Ocotlán habló, Ocotlán gritó y lucho… y los medios, y esas voces, se ahogaron en el anonimato, se perdieron en un murmullo aquella vez, aquella vez que Felipe Calderón visitó Ocotlán.


george en:
on August 21, 2008 @ 8:31 pm
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