La hondura de un golpe de Estado.
En pleno siglo XXI la extensa retórica de la lucha de clases vuelve violentamente, como un síntoma de la incurable enfermedad imperialista, al panorama político de Latinoamérica.
El golpe de Estado causado al Presidente de Honduras, Manuel Zalaya, arremete la razón y secuestra toda conciencia ante un acto desprovisto de legalidad, popularidad y, sobremanera, de libertad del pueblo hondureño.
Casualmente, los gestadores del acto parricida en el país centroamericano, son los que históricamente han saqueado, vapuleado y vilipendiado los intentos reformistas en cualquier Nación que intente otorgar cambios a sus ciudadanos: La oligarquía local y la iglesia católica. La superposición de los intereses privados y la férrea defensa que los terratenientes, en cualquier parte del mundo, realizan para defender sus fueros y privilegios, no pueden ser mas tolerados ni ignorados ante la mirada de los hombres.
El pueblo hondureño no se encuentra solo ni desprovisto de ayuda y apoyo. Por vez primera el continente americano, en una lucha solidaria y unida, corresponde a los intereses de la democracia y la decisión popular para respetar, como debe ser, los sagrados preceptos constitucionales y de libre albedrío de los pueblos y sus Naciones.
La ultraderecha, esa que no concibe la igualdad entre los hombres, que actúa deliberadamente para marcar diferencias, que necesita de trato preferencial y que pretende amedrentar a todo aquel que no conciba su idiosincrasia, no saldrá victoriosa ante el gorilazo efectuado en el hermano país.
No triunfará la imposición de la derecha. Los séquitos conservadores no conseguirán robarle la libertad a Honduras. El continente Americano despierta ya del inmenso letargo en el que se vio envuelto. No es de noche en nuestros pueblos, reinará la luz que tanto nos hace falta.









